¡Por qué no te callas!
Mi apartamento es sencillo, elegante y seguro. Si algo amaba de mi propiedad era el apacible silencio que abundaba desde la puerta principal del edificio. Vecinos casi en su mayoría de avanzada edad o empresarios solteros que regresaban solo para dormir me anunciaban un fin de semana tranquilo y reposado. Cuando compré el apartamento fue la idea que más me simpatizó de todas las que el agente inmobiliario se desvivió por hacerme convencer.
Pero la cosa cambio hace unos meses, una pareja de enamorados se mudó para mi mala suerte y la mala también de todos mis vecinos ancianos. Su fastidiosa llegada la descubrí un fin de semana, cuando llegué a casa temprano y me preparaba para sumergirme en el sofá y ver películas tranquilamente con unas cervezas y algo de pizza. Había trabajado en exceso toda la semana por cuestiones de fin de año, y lo único que deseaba era ver televisión y comer hasta quedarme profundamente dormido. Estaba en ese intento cuando de pronto, el vidrio de las ventanas empezó a retumbar, una música fuerte empezó a alborotar mi ansiada paz. Intenté no hacer caso, seguramente en el piso de abajo estarían haciendo alguna actividad los viejitos y a alguno de ellos se le había escapado el control del volumen de la radio, pensé mientras el ruido desaparecía. Cuando intentaba retomar el sueño el ruido excesivo de música explotó sobre mis oídos. No pude más, me levanté de un salto del sofá y salí del apartamento decidido a desvanecer ese molestoso ruido de cualquier manera.
Una vez en el pasadizo, detecté el ruido de un apartamento cercano, eran los muchachos haciéndose una fiesta de bienvenida, intenté pedirles que moderen su volumen pero fue imposible. Estaban ebrios y su superioridad numérica me impedía llevar a cabo eso de desvanecer el ruido de cualquier manera. Temía que golpearan.
Debía trabajar al día siguiente y esa incontenible bulla me fastidiaría el sueño toda la noche. Mis ganas por irrumpir su fiesta y agarrarlos a golpes para mandarlos luego a dormir iban creciendo con el pasar de las horas, también crecía desmesuradamente mi impotencia por no poder concretar ninguna de mis soluciones. Le di mil vueltas a la cama y puse en cien posiciones las almohadas. Nada, el ruido insoportable me molestó dejándome dormir solo por ratos.
Me levanté temprano y al salir no dudé en acercarme al departamento donde ocurrió la fiesta. Los muchachos estaban desperdigados por el suelo, todos dormidos y seguramente ebrios, indefensos a toda mi cólera reprimida durante toda la noche, no pude más y un grito escapó desde mi interior, fueron lisuras del peor calibre. Todos los vecinos escucharon mis gritos y salieron a ver, todos me preguntaron que había pasado. Uno de ellos, el mas flojo seguramente que solo atinó a salir por su ventana, no tardò en gritarme enojado: ¡por qué no te callas!, yo solo atiné a sonreír.